Hay años que no se entienden mientras pasan.
No porque sean confusos,
sino porque están ocurriendo en demasiados planos a la vez.
Años donde conviven la espera, el desgaste,
la incertidumbre real —no la imaginada—
y una sensación persistente de no saber
cómo va a terminar nada.
Durante ese tiempo,
la vida no da señales claras.
Solo sigue.
A veces de manera torpe,
a veces con una lentitud desesperante.
Y uno aprende a vivir ahí.
Sin garantías.
Sin finales a la vista.
Y el año trae también un cansancio.
Porque hay algo agotador en lo abierto:
en lo que no cierra,
en lo que no define,
en lo que no termina.
Después, sin aviso, algo se mueve.
No todo vuelve.
No todo se acomoda.
Pero algunas cosas,
las que parecían quedar suspendidas para siempre,
finalmente encuentran su lugar.
Entonces aparece el al final sí.
No como respuesta a una pregunta,
sino como cierre de una espera.
Como constatación.
Como información tardía y suficiente.
Sí hubo continuidad.
Sí hubieron cierres —aunque fueran parciales—.
Sí hubo vida avanzando incluso cuando apenas podía sostenerse.
Sí hubieron caminos que se ordenaron sin que los fuerces.
Sí hubieron cosas que, miradas desde ahora, eran crecimiento aunque en su momento se sintieran solo confusas.
Y sí: también hubo belleza en lugares inesperados.
Decirse al final, sí
es permitir que el tiempo termine de hacer su trabajo.
Es seguir caminando sin arrastrar la escena.
No borra lo que fue,
pero ya no gobierna al cuerpo.
Se desactiva un grado de vigilancia.
Se afloja una necesidad de anticipación.
Se reduce esa sensación de estar siempre “por recibir algo”.
Quizás eso sea cerrar un año:
no convertirlo forsozamente en enseñanza,
sino permitir que deje de ocurrir por dentro
como si todavía estuviera pasando.
El alivio no es “todo salió bien”.
El alivio es que el final existe.
Que lo vivido tiene borde.
Que el cuerpo ya no lo sigue viviendo como presente.
Esto dolió. Esto marcó.
Y aun así,
saber —desde acá—
que al final sí.
Sofía
2026




