Para quienes conocen el amor que sostiene sin exigir, que nutre sin medir y hace hogar aun en medio del ruido.
Y para quienes de ese mismo amor aprendieron sus límites: cómo se sienten queridos, lo que hace bien y lo que lastima, las palabras que acompañan y las que, por amor, conviene callar.
Al amor del que aprendemos.
Aprendemos a tomar la vida que llega por una mujer concreta —con su historia, luces y sombras— y a decir por dentro: “sí, así como fue, así la tomo.” Al tomarla, algo se ordena: el corazón encuentra piso y los pies, camino.
Aprendemos que este amor también tiene forma y borde: no todo lo que se da conviene recibir, ni todo lo que se pide conviene dar. A veces el “sí” más amoroso necesita un “no” que cuida. La distancia, cuando protege, también es amor.
Aprendemos la pertenencia y el orden: venimos de una trama de madres —y de quienes maternan— donde cada una tiene su lugar. Honrar ese orden permite que el amor circule y que crezcamos sin culpa.
Aprendemos el equilibrio entre dar y recibir: de niños recibimos más de lo que podíamos devolver; de adultos, devolvemos a la vida —en hijos, proyectos y vínculos— lo que nos fue dado. Y, si algo faltó, lo buscamos con respeto, sin exigirle al pasado lo imposible.
Aprendemos a incluir: a la madre presente y a la ausente, a la que cuidó y a la que no pudo, a la que partió pronto o fue dura por sus heridas. Al incluir, la exclusión deja de repetirse y el amor encuentra cauce.
Aprendemos a asentir y soltar: reconocer la verdad sin resignación, dejar la queja y la idealización, soltar el intento de “ser la madre de nuestra madre”. Volver al lugar de hijos nos permite amar mejor.
Y aprendemos que el amor también empuja: a diferenciarnos y hacer camino propio. La buena madre no retiene; mira con orgullo y deja ir. La buena hija, el buen hijo, avanza honrando de dónde viene.
Por eso, a este amor profundo —que sostiene, nutre y pone borde— le decimos gracias:
por la vida que llegó, por lo que estuvo y por lo que faltó, por el refugio y por el impulso.
Que cada uno haga hoy ese gesto sencillo: inclinar la cabeza, llevar la mano al corazón y decir:
“Sí, mamá. Gracias. Con todo lo que fue, tomo la vida y hago algo bueno con ella.”


